El cielo está más cerca. Las nubes se renuevan de manera permanente.

Uno siente que el minuto que se va en cada nube, hacia los cerros orientales, es el mismo instante de abandono, el mismo gesto implacable con el que se dejan por el mundo a las personas que uno más ama. Las nubes pasan y desintegran la solidez de las ideas, de las certezas.

Proximidad desconcertante creciendo con cada inhalación de aire seco, semi congelado.

Trasegar regular, predecible. Los cuerpos que se arrojan a las vías de los buses articulados hacen ya parte del patrón de movilidad y resolución diaria de destinos insoportables. Estadísticas de suicidios que pueden consultarse. Los buses no sufren daños significativos. La ciudad nunca se detiene, como el amor.

Gran ciudad de corazones engogidos y de almas inquietas. ¿cómo se distingue la inquietud del alma tras una única observación?
En los ojos habitan rayos microscópicos contenidos y presurizados por el esmalte de lágrimas que los recubre. Ojos exultantes; ansias de correr hacia ninguna parte- es ésta la clave-, hacia el punto donde culmina la sabana. Los ojos proyectan posibles escapes a velocidades supersónicas hacia el horizonte lejano.

¿Qué o quién aguarda más abajo de la línea del horizonte?

Una bella casualidad, una bella imagen que se cristaliza en mis ensoñaciones en medio de la cotidianidad polvorienta y desértica; en medio de la lucha incansable contra la resignación, contra la sarna.