Un segundo y ya después todo seguiría igual. Uno puede acariciar la punta de esos otros dedos, tiernas motas de seda, y luego dejarlos ir, porque no querrán sentirse maltratados por unos dedos ásperos, torpes y sucios. Un segundo, uno no pide demasiado. Se aprende a esperar y a ser feliz con poco. Es una suerte de perversión, de placer solitario que se consolida a la par con las decepciones y el escepticismo.
Aprende uno a recoger la comida del suelo, a saludar el sol, cada día más cargado de dañina luz ultravioleta. Un segundo, la noche puede sonreír. Una concesión, un deseo fugaz. Un baile con una princesa. Pero uno, generalmente, colapsa, echa todo a perder y se derrumba en un parque infantil abandonado e invadido por delincuentes. Uno termina alucinando; soñando con gestos y respuestas apropiadas para ese momento mágico que, en realidad, se ha echado a perder miles de años atrás.
1 comentario
Escribe un comentario
« Sonic boom | Inicio | Instancias siderales »

Tan sólo una hora para recordar aquellos minutos en los que se tuvo tanta felicidad.
(Un perro caliente- "Personal Jesus"- una banda- una ventana- un bus- un aeropuerto- un parque- unos malandrines- unos taxis-algunas cervezas- un mensaje de texto.)